viernes, 29 de enero de 2010

CERTEZA


Dije que era poeta. Me volví y en mi espalda
rebotaron las risas.
Yo seguí levantando llenas de fe las manos
para tocar estrellas que siempre se negaron.
Trasponía los puentes y en los ojos del agua
busqué las resonancias de infantiles memorias.
Mis bolsillos sembraron monedas de consuelo.
En las siestas calientes me acerqué a las ortigas
y en las uñas del diablo indagué las semillas.
Prendí las mariposas en el cielo del cardo
y vecina del pozo me refresqué las manos.
Altas las azucenas daban luz en la tarde
y entonces recogía caracoles dormidos
y nísperos dorados.
Si olvidé las sandalias fue porque siempre quise
abrazarme a la tierra y sentir el rocío
y tocar las hormigas.
Hoy voy entre los pájaros y busco las abejas
levantando a los grillos para que acunen sueños
y digo: soy poeta.

martes, 19 de enero de 2010

Mburucuyá

Cuento de CRISTINA A. KNOLL




Las vecinas llorosas habían ganado la calle. Un automóvil negro pedía libre paso. Las mujeres, con la cabeza gacha, se hicieron a un lado.
-Esto quizás los escarmiente o, al menos, sosiegue por un tiempo; son insoportables estos mocosos, se adueñan de la calle pateando día y noche mugrientos atados de trapo.
La voz áspera del dueño del coche se les pegó a la piel, y sin embargo se guardaron la respuesta.
Lo que trataba de ignorar aquel hombre era que esos sucios líos de trapos constituían, junto con las latas vacías y los barriletes de papel de diario, los únicos juguetes que tenían para compartir los chiquitos de ese barrio de paja y barro levantado sobre las barrancas, ranchos que parecían asomarse a las canteras de piedra caliza como queriendo entrever un mañana mejor.
-Pasó el asfalto- decían los viejos de ojos cansados y los gurises, acostumbrados desde los primeros pasos a andar sobre duros cascotes y puntiagudas piedras, se quedaban horas mirando la calle nuevita que unía el camino a la Bajada Grande, improvisando a veces una mareada con el atado de diarios y trapos que hacía de pelota. Todo eso era cierto, pero ese niño que estaba tendido con la cara vuelta al suelo como en un último abrazo a la calle nueva, no jugaba a la pelota cuando sucedió aquello.
Todo había comenzado esa mañana; el sol que se colaba por las casi podridas pajas del rancho lo había despertado muy temprano y él se quedó quieto en su catre desnudo, tapado apenas con un viejo poncho, escuchando la conversación de sus padres.
Hacía más de una semana que llovía y en las canteras no se trabajaba. El Antonico, nutrido por tanta lluvia, corría estruendoso arrastrando a su paso los montoncitos de pedregullo que juntara con su padre y que significaban, a veces, el puchero de los seis: padres, tres hermanos y él, pronto a cumplir los nueve años.
Se le llenó la boca de un gusto amargo cuando oyó a su madre que decía:
-Hoy no tenemos nada para los chicos: el gringo del boliche no quiso fiarme ni el pan.
Escuchó a su padre que, murmurando entre dientes, se levantaba. Lo vio remover las cenizas dentro de la lata de aceite que servía de brasero y calentar el mate cocido que desde hacía más de veinte días reemplazaba a la leche.
“Son tiempos malos los que estamos pasando” había dicho su padre una tarde, allá, en la orilla del arroyo. Debería tener un poco más de paciencia, ya cambiarían las cosas y algún día iban a ser dueños de un rancho decente, con techo “cola de pato”; tendrían camas con sábanas blancas como las que veían flamear en las sogas del chalé del parque; usarían zapatillas de goma con cordones en lugar de alpargatas; le comprarían tortitas negras al viejo Don Manuel para tomar mates de leche con hojas de yerba buena y una rueda grandota de churros calientes y tostados que saborearían bajo el algarrobo viejo y también podrían comprar muchas frutas y dejar de comer las manzanas y naranjas picadas que tiraban los puesteros los jueves y los domingos, cuando levantaban la feria al mediodía.
¡De cuántas cosas lindas le hablaba su padre cuando lo acompañaba al Antonico!.
Sentía cada vez más frío y no quería seguir acostado.
Se bajó del catre y se calzó las alpargatas; una estaba mojada y le oprimía el talón. Miró a sus hermanos que dormían apretados en la vieja cama de elástico bordado por innumerables zurcidos y deseó para ellos un día sin hambre.
Su madre, sentada en la enclenque cama de hierro, se trenzaba el pelo. Distraídamente ataba el extremo de cada trenza con los cabellos que le quitaba al peine.
Su padre, en cambio, andaba por el patio pala en mano, abriendo cauce al agua que se juntaba en el umbral pantanoso del rancho.
Con el puño de la camisa se limpió los ojos, pasó la mano abierta como en un gesto de peinarse y alzando los brazos salió al patio. Llovía menos. Ya su padre dejaba la pala, se ajustaba a la cintura la ancha faja negra que sostenía las bombachas a cuadros remendadas en las rodillas y poniéndose la gorra se marchaba para el lado de la feria. A lo mejor conseguía hacerle una changa al carnicero y entonces el mofletudo español le pagaría, como otras veces, con una cabeza de vaca para el caldo de dos o tres días. ¡Qué falta le hacía a su madre alimentarse bien después de tantos y tan largos días de enfermedad!. La veía distinta; los ojos ya no tenían ese brillo que le gustaba, parecían dos mezquinas luces.
Miró al cielo; unos rayos débiles de sol se abrían paso entre las nubes: seguía lenta la llovizna colándose en la casa. Se acordó entonces de la más pequeña de sus hermanas cuando decía: “si llueve con sol es por que se casa la hija del diablo”.
Entró al rancho y vio a su madre revolver entre los tarros vacíos del estante junto a la puerta. Buscaba algo con qué llenar el estómago de los más pequeños que, ya despiertos, decían a coro que tenían hambre.
Entonces fue cuando se le ocurrió aquello. Se acordaba que una vez la mama los había conformado con mburucuyáes hervidos diciéndoles que eran zapallitos, y él había visto, cerca de la cuesta, al ir a buscar el agua salada que brotaba de entre las piedras, una maraña de plantas de mburucuyáes que colgaban en racimos rojiamarillos como una promesa de gusto dulzón.
Sin decir nada salió por el costado del rancho hasta la barranca. La cuesta estaba resbaladiza pero, no sabía por qué, ahora no sentía miedo. ¡Qué perfume más lindo le habían dejado en los dedos las hojas del paico!. Se acordó de las veces que su madre le calmara el dolor de barriga con el té de las olorosas hojas cuando por la siesta, a la hora en que rondaba la Solapa, se escapaba al campito a comer uvitas y camambúes verdones. -¿Qué forma tendrá la Solapa?- se preguntó en voz alta. No la había visto nunca, tampoco a los lobizones de los que tanto oía murmurar.
Miró hacia la barranca y vio las generosas plantas de la pasionaria preñadas de zapallitos; fue entonces cuando se dio cuenta de que no tenía en qué llevarlos. Se quitó la camisa, la tendió sobre las piedras y comenzó a llenarla con relucientes frutos coronados de innúmeras gotas bailarinas. Juntó verdes, maduros, grandes y chicos, separando sólo los picoteados por los pájaros. Desde las cuevas del barranco asistían a la escena las lechuzas y los grillos.
Cuando hubo juntado todos los que quedaban a su alcance, hizo un nudo con las mangas de la camisa y formó una bolsa que se colgó al brazo. No llovía ya y el sol le enviaba un tibio abrazo. El camino al agua salada estaba alfombrado de sapos y ranas que cruzaban. Cortó una vara de chilca y emprendió el regreso pateando piedritas. Las flores azules de los cardos se inclinaban mansamente. Partió un mburucuyá reventón y lo saboreó lentamente. Tiró las cáscaras a un costado y espantó a una víbora ciega que dormía entre la yerba del pollo. Luego, comió otro fruto y se limpió los dedos en el pantalón.
Emprendió el camino de regreso pensando en lo contenta que se pondría la mama al verlo llegar y en los zapallitos hervidos que se comería. Seguro que la pequeña metería las manitos en el plato y que la oiría pedir más. Subió la cuesta prendiéndose de los espartillos y colas de zorro del barranco para no resbalar y tomó el sendero que llevaba a la calle recién estrenada. Quería verla después de tantos días de lluvia. Ya casi le llegaba el beso de su madre.
Empezó a cruzar la calle despacio, sintiendo el asfalto liso bajo los pies, cuando de pronto no sintió nada más: el camión cargado de baldosas que iba a la Bajada le pegó de lleno. Ahora se lo llevaban sin vida al rancho. Una docena de chiquillos embarrados seguía a las mujeres que lloraban y allí, en medio de la calle, quedaba su camisa gastada con su carga de mburucuyáes.
En el fondo de la avenida se perdía un automóvil negro. En tanto, en el cielo del mediodía paranaense, se repetía el arco iris.